miércoles, 8 de septiembre de 2010

EN MALA HORA

La Fernanda estaba deshecha. El cuadro era patético, surrealista.
Aglomerada, casi toda la enseñanza media se disponía a participar del funeral. La tarde se pintaba de nubes y la tímida llovizna se unía a sus lágrimas en una amalgama perfecta que se desplazaba por sus lindas mejillas hasta humedecer los labios más sensuales que mis pupilas habían fotografiado en mis quince años de vital existencia. Media hora contemplándola. Era la ocasión perfecta para acercarme y conversar. Luego de mortificarme en dudas, logré dirigir un par de pasos en su dirección. Estaba resuelto a consolar a la persona que hacía tres años me descontrolaba emocionalmente. Apuré el tranco para llegar a su lado.

-¡Amor!,¿ Por qué demoraste tanto?

Mientras decía aquello, dejaba el asiento de la plaza de armas y rauda se dirigía a los brazos de Andrés quién la besaba frente a todos demostrando que él tenía el premio mayor y que los demás debíamos sólo contentarnos con ver a la perfecta pareja del colegio.

La acción me paralizó. No se había percatado que me dirigía hacia ella para alivianar el sufrimiento. Quedé solo, pero reaccioné rápidamente aventurando algunos pasos más. El nerviosismo me invadía ya que alcancé a divisar de reojo cómo muchos de mis compañeros se sonreían (pues la situación no era propicia para las carcajadas y burla ) y que seguramente vendrían sin piedad en unos tres días más. Seguí caminando, me agaché y cogí una flor. Fue peor. Hasta mis amigas se cubrían la boca para no ser sorprendidas riendo del ridículo que hice, entonces el fuerte tañido de las campanas llegaba en mi auxilio justo para distraer la atención que en mí se había concentrado.

El hermano de Fernanda había sido un dolor de cabeza para la señora Elsa. Casi todos los colegios de la ciudad conocieron de sus travesuras. Últimamente se sentía perseguido. Al parecer, los narcos le cobrarían el error de querer salir del círculo.

-¡Dame $ 300! ¡Apúrate!
-¿Qué pasa Marco?

Me arrebató la mochila y sacó el único billete que tenía. Abordó a la carrera un colectivo y desapareció. De esto hace ya un mes. Decían que unos hombres lo seguían y que en algo grande estaba metido. Lo cierto es que la fatalidad sería un sello para esa familia. Sabía que Fernanda odiaba el número 2 y ahora logro entender.

El reloj de la iglesia marcaba las dos de la tarde y llegaba el cuerpo de Marco. Todos nos comenzamos a acercar con pasmosa lentitud mientras dos ancianas se entretenían con dos palomas que comían de sus huesudas manos. La Fernanda y Marco eran gemelos. De dos certeros balazos al corazón falleció y toda la mañana estuvieron esperando que entregaran el cuerpo dos familiares, su madre y su hermana, pues las dos habían quedado viudas de los hermanos Valdivieso, que en una trágica colisión, entre dos avionetas, habían fallecido cuando el reloj marcaba las dos de la mañana y los niños cumplirían los dos años de edad sólo que su padre nunca estaría para celebrarlos. Toda esta información la leí de un periódico que mis padres mantenían guardado de aquella época y que ayer se volvía a publicar destacando la desdicha familiar.
Repentinamente un fuerte golpe en la cabeza me trajo a la realidad en el intento de apagar la alarma. El despertador indicaba el inicio del ritual para asistir al college. Sudaba y estaba agitado. Quedé quieto tratando de ordenar mi mente y entender algo. Tres minutos bastaron para despertar y comprender que todo era una horrible pesadilla. Prendí la luz del velador. Me relajé y volví a dormitar para enseguida levantarme y ver nuevamente a la Fernanda. Aquel día estaba decidido a hablarle.
La Fernanda no asistió. Al volver a casa, mi madre, muy consternada, me estrechó entre sus brazos y me dijo que la señora Elsa la había llamado para comunicarle que su hija había sido asesinada por dos individuos que la habían raptado aquel día y que la dejaron en la carretera.
Mañana a las dos de la tarde se realizará la misa.

CLAUDIO ALVARADO VELÁSQUEZ.

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